El miedo en tiempo de crisis: Inteligencia Emocional

Nos encontramos ante una situación social complicada y totalmente distinta a lo que, hasta ahora, estábamos acostumbrados a ver. La crisis provocada por la aparición del nuevo coronavirus COVID 19 nos ha pillado por sorpresa, y es muy normal que nos sintamos sobrepasados por las circunstancias. Sentir angustia o miedo en tiempo de crisis es completamente normal.

Pero, calma… En el momento en que nuestros sentimientos dejan de servir para mejorar nuestras circunstancias, están perdiendo su función. En cuyo caso, habría que reconducirlos de forma más realista y beneficiosa.

Los sentimientos y emociones tienen una función adaptativa. Esto quiere decir que todo lo que sentimos sucede con la idea de que podamos adaptarnos mejor a las circunstancias. Por ejemplo: Cuando un niño necesita cuidados, llora. La tristeza en su rostro, además de permitir que pueda expresar su necesidad, es percibida por el resto de seres humanos como una llamada a la acción, gracias a la cual el niño recibe lo que necesitaba.

Las emociones son maravillosas porque, no solo liberan el inconsciente y con ello muchas tensiones acumuladas, sino que además provocan en los demás una respuesta encaminada en la dirección de la emoción expresada.

Así, por ejemplo, cuando reímos, segregamos una serie de hormonas que nos hacen sentir bien, a la vez que contagiamos a los demás con nuestra alegría. Esto sucede porque a nuestra mente le gusta lo que haya causado la risa, y muestra una respuesta positiva, para que el individuo se dé cuenta: “¡Eh! Esto está muy bien, ¡repítelo!.”

Sin embargo, cuando las circunstancias son interpretadas como amenazantes, el cerebro clama a gritos: “¡Huye! ¡Sal de aquí! ¿no ves cómo sufres?”. Y por eso la respuesta de nuestra mente es, por ejemplo, el llanto. Llorar, como comentábamos, consigue liberar muchas tensiones negativas de nuestra mente y, a veces, provoca incluso que otro ser humano nos ayude.

Tan importante es la risa como el llanto. Si no reprimimos la risa, ¿por qué evitamos el llanto? De la misma forma, el miedo, la alegría, el amor, el enfado… Todas estas emociones tienen su función, y es imprescindible que permitamos que fluyan.

Ahora bien, llega un punto en el que las emociones desbordan el vaso y se vuelven problemáticas. Puede suceder en el plano de los sentimientos positivos (la fase maníaca del Trastorno bipolar es un buen ejemplo de ello), pero es más típico que se desborden los sentimientos negativos. Esto también tiene su función y es que, permanecer en una situación amenazante, es más peligroso para nuestra supervivencia que encontrarnos en un estado de positividad irreal. Por eso tendemos a magnificar lo negativo.

¡Atención! ¡Sí, magnificamos lo negativo!. Esto significa que, en la mayoría de las ocasiones, nuestras emociones negativas tampoco están ajustadas a la realidad.

Y llegados a este punto, descubrimos una de las claves de la psicología que es que: ¡No es tan importante la situación en la que vivimos, sino la interpretación que hacemos de esta!

Esto me recuerda a una historia que quizá conozcas:

El 30 de octubre de 1938 una retransmisión radiofónica sembró el pánico entre miles de personas que abandonaron sus casas, colapsaron carreteras, estaciones de ferrocarril y comisarías de policía, convencidas de que Estados Unidos estaba siendo invadida por un ejército alienígena. Los teléfonos de emergencia no dejaron de sonar durante varias horas, recibiendo multitud de mensajes de personas que decían haber visto a los extraterrestres. La realidad no era más que una retrasmisión radiofónica de una escena de la novela «La guerra de los mundos», del escritor británico H.G. Wells, interpretada por el actor Orson Wells1

miedo en tiempo de crisis
Orson Wells generando el pánico ante una crisis inexistente.

Seguramente habrás oído hablar de esta historia en alguna ocasión, y sabrás lo que desencadenó esto, que en un principio parecía algo inocuo: Miedo! Pánico! Angustia! Terror!

Estas sensaciones las hemos tenido todos alguna vez, unas veces con más fundamento que otras. Pero lo remarcable de todo esto es, lo que veníamos comentando, que no es la amenaza lo que provocó estos sentimientos sino la interpretación errónea de la realidad. ¡La amenaza de esta historia era completamente inexistente!

Seguramente hay personas que han tenido o están teniendo estos mismos sentimientos  ante la crisis social provocada por el coronavirus. Igual que sucedió en 1938, una importante amenaza ha llegado a nuestras vidas, de forma invisible pero palpable, la gente ha ido a comprar dejando las tiendas vacías, el miedo se ha apoderado de la población y hemos tenido que tomar medidas que nunca habríamos llegado a imaginar.

Pero es interesante pensar que, si las reacciones son las mismas ante una amenaza inexistente, y una amenaza real, entonces no todo depende de las circunstancias.

Por lo tanto, si no son las circunstancias las que evocan nuestras respuestas emocionales, es producto únicamente de nuestra interpretación de los hechos. Esto puede convertirse en un problema para nuestra salud emocional y física. De hecho, ¿alguna vez te has parado a pensar lo que el miedo provoca en nuestro cuerpo?

Algunos de los errores de interpretación más estudiados, son las creencias irracionales o distorsiones cognitivas. Para magnificar lo negativo a fin de alertarnos de las amenazas, nuestro cerebro hace uso de creencias irracionales para manipularnos de forma que preservemos nuestra vida.

Estas respuestas mentales tenían mucho sentido en épocas pasadas. Si viviéramos en un mundo con amenazas reales continuas, nuestras reacciones emocionales podrían ser más ajustadas a la realidad. Por ejemplo: Si nos encontráramos ante una bestia enorme, nuestro cerebro segregaría una serie de hormonas como el cortisol y la adrenalina, que provocarían que nuestro cuerpo respondiese de forma rápida y hábil ante las circunstancias.

¿Cuál es el problema? El problema es que actualmente, pocas veces nos vamos a encontrar ante una bestia enorme, ni vamos a salir corriendo, o luchar si las circunstancias lo requieren. Actualmente, las amenazas que sentimos no atacan directamente a nuestra supervivencia, y por eso nuestras reacciones emocionales pierden a veces su sentido.

Por ejemplo, este mecanismo de lucha o huida (Fight or Fly) ante las amenazas, es la principal causa del estrés mantenido, e incluso de algunos cánceres que aparecen en consecuencia. Ante la amenaza de un jefe enfadado, unas facturas sin pagar, y unos hijos incansables, nuestro cerebro segrega las mismas hormonas que ante la bestia enorme. Pero la bestia enorme se daría en una situación puntual, cuando desapareciese,  el cerebro dejaría de segregar cortisol y adrenalina. Lo que no sucede con las amenazas de la vida moderna, y esto provoca efectos físicos y emocionales prolongados.

La acumulación de estas hormonas, la magnificación de las emociones e interpretaciones negativas, y una pizca de incertidumbre, es un cóctel molotov.

Por eso, ahora más que nunca, en medio de esta crisis que nos ameenaza, es importante que aprendamos a relativizar los contenidos de nuestra mente, flexibilizar nuestras reacciones es la clave más importante para alcanzar el bienestar emocional.

Pero, ¿cómo podemos romper este ciclo maquiavélico?

Por un lado es sencillo, al menos sabemos que debemos actuar sobre nosotros mismos, y no sobre las circunstancias (que a veces son imposibles de cambiar). Pero, por otro lado, es una tarea complicada porque no tenemos la objetividad suficiente como para relativizar nuestras emociones.

Pero, aunque de momento no tenemos esta capacidad de flexibilizar la mente, todo se puede mejorar, siempre con un poco de trabajo, claro. Algunos de los pasos que podemos seguir para alcanzar una mayor flexibilidad cognitiva, son:

  1. Ser conscientes de que no debemos fiarnos de nuestra mente al 100% es el primer paso para ser más realistas. Nuestra mente interpreta la realidad en función de un sinfín de factores muy relativos: cuestiones de aprendizaje, biológicas, o de las propias circunstancias; y todas pueden provocar sesgos en la interpretación. Si queremos ofrecer respuestas emocionales acordes a la realidad, y no a nuestras interpretaciones, hay que confiar menos en lo que pensamos, y cómo pensamos.
  2. Preguntarnos: ¿Realmente sé que esto es así?, ¿reamente sé lo que va a pasar mañana, o dentro de un mes, es que tengo habilidades adivinas? ¿realmente sé lo que esa persona piensa de mí? ¿realmente puedo generalizar, a partir de un comentario, tantas cosas como me estoy imaginando? ¿mi interpretación puede ser totalmente acertada con 0% de error?

Es un buen método para generar una brecha en el procesamiento de la realidad. Normalmente, aceptamos las interpretaciones sin filtrar. Introducir dudas sobre la interpretación permite que la reacción emocional sea menos intensa, porque la información llega indirectamente, quizá incluso tamizada.

El problema es que es difícil ser objetivo en la resolución de estas preguntas.

  1. Para conseguir cierta objetividad, hay una muy fácil y muy buena forma de tomar distancia con nuestros contenidos mentales. Es algo tan nimio que quizá nunca te hayas parado a pensarlo:
    1. No es lo mismo decir, sentir o pensar: “Esto está fatal”, “vivir así no merece la pena”, “estoy mal y seguiré estándolo”…
    2. A decir, sentir o pensar: “en este momento, pienso que esto está fatal”, “en este momento, pienso que vivir así no merece la pena”, “en este momento, siento que estoy mal y pienso que seguiré estándolo”…

No sé si te das cuenta, es un cambio muy sutil pero inmenso para nuestra salud mental. Se trata, primero, de decir que “en este momento” (se sobreentiende que es transitorio) sucede algo y, segundo, incluir “pienso que…”. Estas últimas palabras hacen que la interpretación deje de ser percibida como la absoluta realidad, para comenzar a ser percibida como lo que es: un pensamiento, una emoción, o cualquier otro contenido mental.

No es lo mismo decir “me quiero morir” a decir “en este momento, estoy pensando que quiero morir”. Porque no somos lo que pensamos, solo contenemos esos pensamientos.

  1. Conectar con el momento presente: Este momento, tan fugaz, es lo único que ciertamente es real, es lo único que podemos manejar de verdad. Cargar nuestra mente con ideas del pasado o del futuro, solo va a generarnosuna carga emocional que es imposible de manejar. Porque, aunque nos encantaría, ¡no viajamos en el tiempo!

Manejar el presente es manejar la vida a “fotogramas”, lo que es inmensamente más fácil que intentar manejar una filmoteca completa, a la que ni siquiera tenemos acceso. Manejar la ansiedad o el miedo en tiempo de crisis, es más sencillo si nos centramos solo en el momento en el que estamos ahora.

 

En futuras publicaciones se profundizará más en algunos aspectos aquí presentados. Si te ha gustado esta entrada, o tienes alguna duda o sugerencia, comenta o mándanos un mensaje privado.

Gracias por estar presente.

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